Un participante anónimo ha tenido la necesidad de ponerse en contacto conmigo para tratar de calmar el desasosiego que siente desde hace días. Con mucho placer incluyo aquí su mensaje por si mi respuesta pudiera ayudarle no sólo a él, sino a todos aquellos que se encuentren en una situación similar.
“¡Me enfrento a una duda de fe! Hasta el día de hoy he asistido regularmente a todos los oficios religiosos, he dedicado cada día unos minutos a encontrarme con el Señor (¡alabado sea!) y he participado activamente en las festividades especiales poniendo mi voz de enérgico barítono al servicio de la santa glorificación.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, mis piadosos sentimientos han comenzado a transformarse y la brújula de mi fe ha perdido por completo su norte. Sigo dedicando los domingos a la divina devoción; procuro, cada día, consagrarme a mi religiosidad; y continúo poniendo mi voz, -algo más ronca quizás- al servicio de un nuevo Mesías recién aterrizado a este nuestro mundo de miserias. El problema es que mi veneración no se dirige hacia la tierna alma de Yahveh, ni siquiera a la de Allah o Vishnu. Mi nuevo mesías se llama Cristiano Ronaldo.
¿Cree que el fútbol terminará por tornarse en camino religioso o debería poner freno a estos sentimientos y reconducir mi devoción por los senderos de la tradicional cristiandad?“
Para su tranquilidad le diré que, bajo mi punto de vista, a estas alturas podemos considerar al fútbol, ya sin tapujos, una luminosa senda religiosa de elevado misticismo, como dan fe de ello los millones de seguidores que tiene.
Del mismo modo que el cristianismo, el budismo o el shintoísmo, el fútbol ha expandido ya su espiritualidad a lo largo del mundo a través de grandes templos de veneración (¡Oé, oé, oé!).
Siéntase tranquilo, vista su túnica blanca, cante elevando su alma (¡We are the champions!), reserve los domingos venideros para el encuentro íntimo con su nuevo dios, increpe con furia (cuanta más, mejor) a sus demonios, saciados con las aguas de la mismísima fuente de Canaletes, colabore incluso económicamente, y ríndase de lleno al efecto narcotizante de esta nueva religión.





